Narrativa de las apariciones

Donde el Cielo habló al corazón. La historia viva de las apariciones de la Virgen María en Chandavila (La Codosera) Santuario de Nuestra Señora de los Dolores, Badajoz

“¿Te quieres venir conmigo?”

Así comienza una historia tan real como misteriosa. Una historia que no sucedió en el siglo XIX ni en un lugar remoto. Sucedió en 1945, en un rincón humilde de la frontera extremeña, en el paraje llamado Chandavila, en La Codosera. Allí, la Virgen María se apareció a dos niñas, Marcelina y Afra. Y desde entonces, el corazón de Dios late más cerca.

Desde ese momento, la población se transformó para siempre cambiando la vida y la fe de miles de personas. Actualmente hay un gran santuario en Chandavila, donde se apareció la Virgen, dentro de la parroquia de La Codosera, que es centro de irradiación de fe y adonde acuden muchas personas buscando la paz, el perdón y muchas bendiciones. Ha habido conversiones y curaciones físicas y espirituales. Marcelina: la mirada inocente que tocó el cielo.

Marcelina Barroso Expósito tenía solo 10 años. Era pobre, huérfana de padre, y vivía con su madre —de carácter duro y alejada de la fe—. El domingo 27 de mayo de 1945, mientras regresaba con su prima de un paseo por el campo, algo insólito ocurrió.

En medio del silencio y el polvo del camino, vio a una Señora luminosa, vestida de negro con un velo azul celeste, las manos juntas, flotando sobre el suelo. Su rostro irradiaba paz. Su mirada, amor. Su gesto… la llamaba.

“¿Te quieres venir conmigo?”, le preguntó.

Marcelina no entendía, pero su corazón se estremecía. Había visto algo… alguien. Cuando se lo contó a su madre, la respuesta fue una bofetada. Pero no calló. Volvió. Y la Señora volvió también.

Un castaño, una capilla del cielo y una misión.

A partir de ese día, las apariciones se sucedieron. En una de ellas, ante cientos de testigos, Marcelina se arrodilló de forma inexplicable y recorrió el suelo empedrado de rodillas hasta un castaño. Al llegar, entró en éxtasis. “He visto una capilla blanca, pequeñita, con un altar y una imagen de la Virgen… Era bellísima.” La Virgen le pidió que hicieran allí una ermita y que dentro de tres meses se celebrara una misa. Le mostró lo que había de construirse, como quien revela los planos de una obra divina.

Afra Brígida: de la burla a los estigmas.

Pocos días después, una joven de 12 años, Afra Brígida, vecina del mismo pueblo, escuchó hablar de Marcelina y se burló. Pero pronto, todo cambió. El 7 de junio, al estar presente en el paraje, cayó de rodillas y entró en éxtasis.

Desde entonces, Afra vivió una vida marcada por el sufrimiento redentor: los estigmas de Cristo aparecieron en su cuerpo. Sangraban cada viernes y en fechas señaladas. Su vida fue de silencio, penitencia, y reparación. Un alma escondida, elegida por Dios para mostrar el rostro doliente del amor.

Luces, milagros y señales del cielo.

Durante semanas y meses, cientos de personas presenciaron hechos extraordinarios:

  • El sol giraba y descendía, como ocurrió en Fátima.
  • Se vieron luces celestiales, ángeles y cruces luminosas.
  • Una imagen de piedra de la Virgen cobró vida ante un médico escéptico.
  • Una joven quedó ciega al burlarse… y, tras su conversión, recuperó la vista.
  • Se escuchaban cánticos sin fuente visible.
  • Algunos vieron la Sagrada Custodia suspendida en el aire.

 

Pero lo más importante: las almas cambiaban. Se multiplicaban las confesiones, las conversiones, las vocaciones. La madre de Marcelina, profundamente conmovida, regresó a la fe y donó el primer sagrario del futuro santuario.

Un mensaje simple y eterno.

La Virgen no vino a asustar, ni a hacer espectáculo. Vino como Madre: “Venid a este lugar. Rezad. Haced penitencia. Rezad el Rosario. Construid una capilla.” Ese fue su mensaje. Simple. Verdadero. Potente. Un llamado a la oración, a la conversión, y a la confianza en Dios. Y lo hizo en un rincón escondido del mapa, pero no del cielo.

El Santuario: semilla que creció.

Gracias a la fe viva de muchos fieles, el lugar fue acondicionado y se construyó una pequeña ermita. Con los años, se convirtió en Santuario Diocesano y lugar de peregrinación, aprobado y alentado por la Archidiócesis de Mérida-Badajoz.

En 2020, con ocasión del 75.º aniversario de las apariciones, la Santa Sede concedió el Año Santo Jubilar. Hoy, Chandavila es un faro espiritual: allí donde la Virgen lloró por sus hijos, hoy se enciende la esperanza.

El Arzobispo de Mérida-Badajoz, Monseñor José Rodríguez Carballo, presidía el 15 de septiembre de 2024, en el Santuario de Chandavila (La Codosera), una misa multitudinaria en la que nombraba este santuario como Santuario Diocesano, paso previo para declararlo Santuario Nacional y, posteriormente, Santuario Internacional.

Hoy, el santuario es faro espiritual: allí donde la Virgen lloró por sus hijos, hoy se enciende la esperanza, faro de perdón y paz. Un lugar donde el alma escucha, la fe se enciende y la Virgen sigue esperando.

¿Y tú? ¿A qué esperas?

No es solo una historia del pasado. Es una historia viva. La Virgen sigue esperando, sigue llamando, sigue amando. En cada silencio, en cada vela encendida, en cada Rosario rezado allí… ella vuelve a aparecerse, esta vez en el alma.

Ven a Chandavila. Reza. Déjate mirar. Y escucha, quizás también para ti, su voz maternal:

“¿Te quieres venir conmigo?”

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