Testimonio en el libro “El día que me encontré con Dios“

Del libro “El día que me encontré con Dios “, del periodista Juan José Montes extraemos, con permiso del autor, parte de una entrevista, en la que una madre de familia cuenta su “conversión” de vida por mediación de Ntra. Sra. de Chandavila.

Del libro “SECRETOS, 15 mujeres se confiesan “, del periodista Juan José Montes extraemos, con permiso del autor, parte de una entrevista, en la que una madre de familia cuenta su “conversión” de vida por mediación de Ntra. Sra. de Chandavila. “…. ¿Cuál fue esa experiencia definitiva que te acercó a Dios? Una noche, era 13 de agosto, empecé a experimentar una fuerte ansiedad. Me dieron las dos de la mañana despierta. Estaba como cuando tienes un presentimiento y una llamada a la confesión. La razón la desconozco. Me levanté, agarré un libro de mi marido sobre la confesión y estuve como una hora y media leyendo.

Fueron pasando por mi cabeza como “flash” momentos vividos, en los que me había portado mal con la gente y con Dios, hecho que provocó que a la mañana siguiente llamara a mi madre a Colombia por si había pasado algo. Era como un sexto sentido, que decimos las madres, pero todo me generaba una gran necesidad de confesarme. Al día siguiente, el 14 de agosto, José María, mi marido, me invitó a visitar un lugar especial que conocía, el santuario de Chandavila, en la localidad de La Codosera (Badajoz).

Es un santuario erigido en el año 45, tras las apariciones de la Virgen, bajo la advocación dolorosa, a unas niñas. En ese santuario hay tradición de celebrar una misa la noche del 14 al 15 de agosto, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora.

Antes de la misa había varios  sacerdotes confesando. Yo tenía prejuicios humanos para confesarme con algún sacerdote conocido en esos momentos. Así que me confesé con don Francisco, un sacerdote codoserano. Cerré los ojos y dije: “Señor, tengo que desahogarme de tanto vacío que ocupa mi vida para llenarme de ti, hablaré con este sacerdote como si estuviera hablando contigo”. Salí muy tranquila. ¡Ya está, me he confesado!, pero sin más ni más. Participé en la misa posterior, a las 12 de la madrugada en ese paraje espectacular que aporta una gran paz, en una noche estrellada preciosa y con un clima muy agradable. En la Eucaristía pasó algo. Sí. Fue en el momento de comulgar. Sentí un viento y un frío muy raro, que me llamó mucho la atención, pero que supuse que lo sentía todo el mundo. No sé qué pasó esa noche, pero al otro día tenía una sensación como nunca en la vida había tenido. Para que te hagas una idea, sentía como si me hubieran reseteado. Se me había olvidado todo. Mira, ¡una paz!, ¡una tranquilidad! No me acordaba de nada. Nada me importaba… Solamente quería estar delante de la Virgen orando.

Deseaba con todas las ganas del mundo a partir de aquel acontecimiento, que llegara la hora de la Eucaristía, de rezar el Rosario. Mi marido pensaba que me había pasado algo. No quería salir de hacer la visita al Santísimo, era una necesidad estar delante de Dios. Lloré muchísimo, pero veía todo diferente.

Tenía una paz que yo le decía a José María: “si en este momento me dicen que me voy a morir, estaría feliz, estaría feliz”. ¡Era una alegría! Todas las preocupaciones, todas, todas, se habían terminado. ¡Todo, todo, todo! Sentía el perdón y el amor de Dios en lo más profundo de mi ser. Ya te digo, es como si fuera un ordenador y me hubieran reseteado. No me interesaba nada, solo Dios. Este mundo no era nada ¿Cuánto duró ese regalo, ese pedacito de Cielo en la Tierra? Una semana. Durante esa semana me di cuenta de que muchas veces no queremos enterarnos, pero Dios está ahí y me estaba dando una nueva oportunidad y me estaba  diciendo: ¡niña, continúa así, da testimonio, tu familia, tu vida, tus hijos! ¡Te doy una nueva oportunidad para que seas feliz! Ante tanta gracia que me sobrepasaba fui a hablar con el sacerdote que me había confesado, con don Francisco, que me dijo que era una conversión mariana. Una gracia especial de la Virgen, que tanto había significado en mi vida, y que, a partir de ese regalo, tenía que seguir porque “el diablo es puerco”, me lo dijo así. “Has vuelto a Dios y ahora el diablo no te va a dejar tranquila, tienes que seguir confesándote, tienes que seguir frecuentando la misa, tienes que seguir pidiendo, ahora depende de ti”. Eso se me quedó grabado.

Pero no era la primera vez que ibas a Chandavila, ¿no? No, ya había ido  más veces, pero no había llegado el momento. Todo fue a raíz de la confesión. Recuerdo que fue una confesión muy profunda, tranquila, sentada delante del sacerdote y abrí mi vida delante de Dios. Desde entonces no quería alejarme de Dios, no quería perderlo. Antes había ido al santuario, me decían que pusiera lo que quisiera ante la Virgen. Pero yo no pedía nada, solo le decía al Señor: ¡Dios mío, lléname de tu misericordia, lléname de tu misericordia, haz que me acerque a ti porque no veo nada! Ya te he contado que yo estaba alejada de Dios y de la Iglesia. Me has comentado que, aunque esa gracia de Dios tan especial fue solamente durante una semana, continuaron encuentros especiales con Dios en Chandavila durante los días siguientes. Sí, desde luego. Siento la necesidad imperiosa de acercar a muchas familias el trato con la Virgen. Amigos que necesitan de conversión. Servir de guía, acompañar y explicar el verdadero encuentro con Jesús. Es como el que guarda un gran secreto que desea compartir con aquellos a los que Dios va colocando a tu lado. Enseñar a rezar el Rosario…”